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21J: de suicidios, epidemias y guerra distribuida

Escrito por David Ugarte - 21-07-05
En la comida, Tere, la compañera de Suso de Toro, hizo un comentario al vuelo sobre los atentados de hoy: “es un efecto similar al de las epidemias de suicidios entre adolescentes“. Me quedo pensando: eso es matematizable, podrían calcularse tiempos de propagación y por tanto niveles de riesgo de “secuelas” tras un atentado. Una herramienta que podría ser interesante.

Leo a Pablo Pombo al llegar a casa:

claro que quienes han llevado a cabo los ataques de hoy copiaron el ataque del 7J, parece claro que les ha fallado la infraestructura (fabricación de explosivos…), pero contaban con un modelo, con el modelo del 11M. Nadie les ha dado ninguna orden, Alqaeda no sabe de jerarquías, su lógica es muy otra.

Y se me enciende la lucecita. Este de hoy es, en realidad, aunque haya causado menos daños, un ejemplo más avanzado de guerra distribuida que el 7/7. Precisamente por lo mismo que, como ha repetido hasta la saciedad la prensa inglesa, operativamente parezca obra de amateurs. O mejor dicho, porque lo son.

Esta vez es posible que el modelo haya sido tomado de la información pública (televisiones, periódicos, análisis en la red, etc.), por eso su aspecto de “réplica”. Es muy posible que ninguno tuviera la más mínima formación en manejo y preparación de explosivos, que no hubiera afgani o yihadista de contacto alguno. Que haya sido imaginado y preparado entre el día siete y hoy por espectadores que vieron con admiración el atentado de entonces… Es posible, incluso probable.

Pero, hoy, eso no es lo más importante. Lo importante es que nos abre una ventana a algo que si no ha pasado sí que puede pasar. Un efecto “contagio” en el cual grupos simpatizantes aislados orgánicamente, de un modo más o menos espontáneo deciden emular un atentado tras la detención de sus autores o en la resaca de la acción.

Si asumimos esta idea como hipótesis podríamos tomar la inquietud social postatentado como variable proxy del riesgo de que un grupo espontáneo así surgiera y decidiera emular el atentado. El hecho de que el miedo es mediático, que es transmitido no en red, boca a boca, sino en broadcasting por los media, nos permitiría usar un modelo SIR. Las ideas transmitidas por los grandes media afectan a la población de un modo similar a una epidemia:

Este modelo divide los individuos de una población en tres categorías: Susceptibles (de ser infectados), Infectados y Recuperados (de la infección). A partir de que un infectado toma contacto con un grupo en el que existen indivíduos S, la evolución del porcentaje de individuos que padecen la enfermedad (el crecimiento logístico) será función de medidas que son intrínsecas a la enfermedad en cuestión: la tasa de recuperación y de la probabilidad de que un contacto entre un S y un I devenga en contagio (infecciosidad). Al desarrollar las ecuaciones del modelo nos encontraremos con que en cada momento el número de contagiados será función del volumen de cada una de las tres poblaciones: pequeño al principio, a partir de un punto de inflexión (cuando se alcance una cierta masa crítica de infectados) crecerá rápidamente y finalmente cuando el número de recuperados (y se supone que inmunes o muertos por la enfermedad) empiece a reducir los contactos “exitosos”, se estabilizará y caerá de nuevo. El modelo SIR como podemos ver en la siguiente gráfica, genera una descripción en tres fases del curso de una epidemia: arranque (de lento crecimiento), explosiva y remisión.

Cuantificar un modelo así para el caso que nos ocupa es difícil a día de hoy, si no imposible. Sin embargo si que se puede extraer una idea: todo lo que aumentara la “infecciosidad” o el “tiempo de recuperación”, como las imágenes de víctimas o las campañas confusionistas y malintencionadas de ciertos periódicos de gran tirada, aumentarían el riesgo de “secuela”. También, por supuesto, la desconfianza generada por un gobierno que intenta utilizar electoralmente un atentado.

Supongo que a los que deberían darse por aludidos les da igual. Están ciegos y no les importan las consecuencias para los demás de su juego obsesivo. Si no les importa el riesgo de fractura social, menos les va a importar aumentar la probabilidad de un atentado que no dudarían en utilizar como munición dialéctica. Ya sabéis el discurso que tienen: “sobre el terrorismo y los terroristas no hay nada que saber ni aprender, todos son iguales y no tiene sentido intentar influir en ellos o en las condiciones de las que se nutren“.
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