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Rusia camina hacia el aislamiento

Escrito por Serguei Karaganov . Es presidente del Consejo de Política Exterior y Defensa de Rusia.
La Vanguardia - 23/02/05

Hace dos años, los rusos podíamos mirar al mundo con satisfacción. Parecíamos más fuertes en el ámbito diplomático que lo que nuestro poderío económico y militar podría hacer pensar. Ya no es así.

Hubo algunos éxitos el año pasado, el más importante es que nuestra deuda externa está cerca de saldarse. Por lo demás, y aunque las fortalezas objetivas de Rusia no han cambiado, nuestra influencia en los asuntos internacionales ha disminuido.

Rusia debería ser un socio valioso en temas como Oriente Medio, la guerra contra el terrorismo y las iniciativas para evitar la proliferación de armas de destrucción masiva.

Sin embargo, no es posible discernir una clara impronta rusa en estos asuntos. De hecho, ni siquiera la creciente división entre Europa y EE.UU. ha refrenado la pérdida de inf luencia de Rusia.

Este giro de los acontecimientos es confuso. El presidente Vladimir Putin sigue siendo un comunicador internacional bastante eficaz.No obstante, Rusia sufrió varias derrotas obvias en el 2004 que afectaron a su imagen y socavaron su influencia en el mundo.

En nuestro vecindario inmediato, el presidente de Bielorrusia, Aleksander Lukashenko, hizo caso omiso de las advertencias de Rusia y se mantendrá en el cargo de por vida. Después, Rusia concentró casi toda la atención de su política exterior en Ucrania, únicamente para perder allí también.

En el Lejano Oriente, pagar por las promesas rotas en el pasado parece haber obligado a Rusia a aceptar las condiciones de China para resolver una disputa fronteriza.

Por supuesto, solucionar esta larga y enconada disputa es algo digno de celebración, pero el costo es que la cesión de territorio ha sentado un precedente.

Más aún, el diálogo de Rusia con la Unión Europea llegó a un punto muerto en el 2004. Una razón es que la supuesta solución del problema de Kaliningrado (el enclave ruso que quedó separado del país cuando Lituania y Polonia se unieron a la UE) resultó no ser solución. Esto no es completamente responsabilidad de Rusia; pero ahora habrá que volver a iniciar el diálogo, prácticamente desde cero.

De hecho, en términos más generales se está produciendo un enfriamiento de las relaciones de Rusia con Occidente. Hasta ahora esto no es desastroso, aunque cueste leer lo que los medios de comunicación occidentales tienen que decir acerca de Rusia y sus gobernantes. Casi todo lo que expresan es negativo, incluso han comenzado a burlarse de nosotros.

Los sucesos de Bielorrusia y Ucrania han hecho que el proyecto de la Comunidad Económica Euroasiática parezca algo cada vez menos realista. Inevitablemente, nuestros socios de la Comunidad de Estados Independientes han sacado conclusiones de la demostración de debilidad e incompetencia de Rusia.

Podría agregar más elementos a esta lista, pero eso no sería más que echar sal a las heridas, que son las mías también. Los rusos no debemos descorazonarnos, pero a menos que comprendamos las razones de estos fracasos y hagamos correcciones drásticas a nuestra política exterior, estamos condenados a seguir sufriendo derrotas y perder statu quo e influencia, o algo peor.

La principal causa de lo que ha ocurrido es la sistemática debilidad intelectual de la política exterior rusa. Nuestro conocimiento y comprensión del resto del mundo continúa deteriorándose; en muchos sentidos, carecemos de un sistema de planificación y previsión en política exterior.

Por ejemplo, la debacle ucraniana se podría haber evitado si hubiésemos evaluado la situación oportunamente y respaldado al candidato que casi con toda certeza iba a ganar.

Pero colocamos a principiantes para mediar con Ucrania, principiantes con intereses comerciales. Cuando Putin tuvo que salir a cubrir el desastre, un fracaso que puede ser normal se convirtió en un fiasco de graves proporciones. De hecho, en Rusia la política exterior es la personificación de Putin: el presidente decide y ejecuta casi todo.

El Ministerio de Relaciones Exteriores, sede de los mejores funcionarios del Estado, en gran medida ha sido excluido del planeamiento de la diplomacia. El Consejo de Seguridad es prácticamente invisible.

Como resultado, incluso las buenas decisiones se planean de manera incompleta, lo que hace que el riesgo de que se produzcan errores vaya en aumento. Más aún, la responsabilidad por las relaciones exteriores se otorga a cualquier comisionado que se muestre dispuesto a asumirla.

Está comenzando a ser evidente la debilidad del sistema político que ha surgido en Rusia, con su excesiva centralización, su dependencia de personas individuales más que en instituciones y la menguante calidad de su gestión. Cada vez más, la elite gobernante rusa está demostrando no estar a la altura de las capacidades y necesidades del país.

A medida que acumulamos fracasos, rezongamos y culpamos a otros, o urdimos planes imaginarios para contrarrestar a las grandes potencias. Hasta ahora, eso se nos ha perdonado a medias. Rusia es tácticamente necesaria. Pero la evaluación del mundo exterior acerca de las políticas y perspectivas de Rusia está, evidentemente, cambiando para peor.

Esto no se debe únicamente a nuestra política exterior, ni siquiera a las erráticas políticas económicas. Pocos creen que sea posible fortalecer a Rusia mediante la creación de un sistema político con un estilo casi soviético, pero sin su principal componente formador de un Estado: el Partido Comunista y su ideología.

Como resultado, en los últimos 12 a 18 meses hemos visto un cambio en las percepciones sobre Rusia: de socio que se fortalece y potencial aliado, a rival cada vez más débil.

Rusia necesita un debate serio, dentro de la elite y entre el público, acerca de la estrategia nacional, del mismo modo como necesita un mecanismo eficaz de coordinación y planificación para su política exterior.

Hay que hacer correcciones sustanciales a toda la agenda política global, la que, multiplicada por la increíble ideología de construir el capitalismo nacional en un país, actualmente nos recuerda demasiado a las políticas que condujeron a la desintegración de la Unión Soviética.

Tal como están las cosas, Rusia va en dirección de convertirse en una versión ampliada de Venezuela o Nigeria, países ricos en petróleo y disfuncionales, en lugar de una gran potencia europea o euroasiática del futuro.
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El quinto poder: Información, comunicación y globalización

El quinto poder: Información, comunicación y globalización Le Monde Diplomatique

La prensa y los medios de comunicación han sido, durante largos decenios, en el marco democrático, un recurso de los ciudadanos contra el abuso de los poderes. En efecto, los tres poderes tradicionales -legislativo, ejecutivo y judicial- pueden fallar, confundirse y cometer errores. Mucho más frecuentemente, por supuesto, en los Estados autoritarios y dictatoriales, donde el poder político es el principal responsable de todas las violaciones a los derechos humanos y de todas las censuras contra las libertades.

Pero también en los países democráticos pueden cometerse abusos graves, aunque las leyes sean votadas democráticamente, los gobiernos surjan del sufragio universal y la justicia - en teoría - sea independiente del ejecutivo. Puede ocurrir, por ejemplo, que ésta condene a un inocente (¡cómo olvidar caso Dreyfus en Francia! ); que el Parlamento vote leyes discriminatorias para ciertos sectores de la población (como ha sucedido en los Estados Unidos durante más de un siglo, respecto de los afro-estadounidenses, y sucede actualmente respecto de los oriundos de países musulmanes, en virtud de la Patriot Act ); que los gobiernos implementen políticas cuyas consecuencias resultarán funestas para todo un sector de la sociedad (como sucede, en la actualidad, en numerosos países europeos, respecto de los inmigrantes indocumentados).

En un contexto democrático semejante, los periodistas y los medios de comunicación, a menudo, han considerado un deber prioritario denunciar dichas violaciones a los derechos. A veces, lo han pagado muy caro: atentados, desapariciones, asesinatos, como aún ocurre en Colombia,Guatemala,Turquía, Pakistán, Filipinas, y en otros lugares. Por esta razón, durante mucho tiempo se ha hablado del cuarto poder.

Ese cuarto poder era, en definitiva, gracias al sentido cívico de los medios de comunicación y al coraje de valientes periodistas, aquel del que disponían los ciudadanos para criticar, rechazar, enfrentar, democráticamente, decisiones ilegales que pudieran ser inicuas, injustas, e incluso criminales contra personas inocentes. Era, como se ha dicho a menudo, la voz de los sin-voz.

Desde hace una quincena de años, a medida que se aceleraba la globalización liberal, este cuarto poder fue vaciándose de sentido, perdiendo poco a poco su función esencial de contrapoder. Esta evidencia se impone al estudiar de cerca el funcionamiento de la globalización, al observar cómo llegó a su auge un nuevo tipo de capitalismo, ya no simplemente industrial sino predominantemente financiero. En suma, un capitalismo de la especulación. En esta etapa de la globalización, asistimos a un brutal enfrentamiento entre el mercado y el Estado, el sector privado y los servicios públicos, el individuo y la sociedad, lo íntimo y lo colectivo, el egoísmo y la solidaridad.

El verdadero poder, en la era de la globalización liberal, es detentado por un conjunto de grupos económicos planetarios y de empresas globales, cuyo peso en los negocios del mundo resulta a veces más importante que el de los gobiernos y los Estados. Ellos son los nuevos amos del mundo que se reúnen cada año en Davos, en el marco del
Foro Económico Mundial , e inspiran las políticas de la gran Trinidad globalizadora: Fondo Monetario Internacional Banco Mundial y Organización Mundial del Comercio

Es en este marco geoeconómico donde se ha producido una metamorfosis decisiva en el campo de los medios de comunicación masiva, en el corazón mismo de su textura industrial.

Conglomerados mediáticos

Los medios masivos de comunicación (emisoras de radio, prensa escrita, canales de televisión, Internet) tienden cada vez más a agruparse en el seno de inmensas estructuras para conformar grupos mediáticos con vocación mundial. Empresas gigantes como News Corps,
Viacom , AOL Time Warner, General Electric, Microsoft, Bertelsmann, United Global Com, Disney, Telefónica, RTL Group,France Telecom, etc., tienen ahora nuevas posibilidades de expansión debido a los cambios tecnológicos.

La revolución digital ha derribado las fronteras que antes separaban las tres formas tradicionales de la comunicación: sonido, escritura, imagen. Permitió el surgimiento y el auge de Internet, que representa una cuarta manera de comunicar, una nueva forma de expresarse, de informarse, de distraerse.

Desde entonces, las empresas mediáticas se ven tentadas de conformar grupos para reunir en su seno a todos los medios de comunicación tradicionales (prensa, radio, televisión), pero además a todas las actividades de lo que podríamos denominar los sectores de la cultura de masas, de la comunicación y la información.

Estas tres esferas antes eran autónomas: por un lado, la cultura de masas con su lógica comercial, sus creaciones populares, sus objetivos esencialmente mercantiles; por el otro, la comunicación, en el sentido publicitario, el marketing, la propaganda, la retórica de la persuasión; y finalmente, la información con sus agencias de noticias, los boletines de radio o televisión, la prensa, los canales de información continua, en suma, el universo de todos los periodismos.

Estas tres esferas, antes tan diferentes, se imbricaron poco a poco para constituir una sola y única esfera ciclópea, en cuyo seno resulta cada vez más difícil distinguir las actividades concernientes a la cultura de masas, la comunicación o la información. Por añadidura, estas empresas mediáticas gigantes, estos productores en cadena de símbolos multiplican la difusión de mensajes de todo tipo, donde se entremezclan televisión, dibujos animados, cine, videojuegos, CD musicales, DVD, edición, parques temáticos estilo Disneylandia, espectáculos deportivos, etc.

Dos características

En otras palabras, los grupos mediáticos poseen de ahora en adelante dos nuevas características:

Primera característica, se ocupan de todo lo concerniente a la escritura, de todo lo concerniente a la imagen, de todo lo concerniente al sonido, y difunden esto mediante los canales más diversos (prensa escrita, radio, televisión hertziana, por cable o satelital, vía Internet y a través de todo tipo de redes digitales).

Segunda característica, estos grupos son mundiales, planetarios, globales, y no solamente nacionales, regionales o locales.

En 1940, en una célebre película,
Orson Welles arremetía contra el superpoder del ciudadanostrong>Kane (en realidad, el magnate de la prensa de comienzos del siglo XX,
). Sin embargo, comparado con el de los grandes grupos mundiales de hoy, el poder de Kane era insignificante. Propietario de algunos periódicos en un solo país, Kane disponía de un poder ínfimo (sin por ello carecer de eficacia a nivel local o nacional en comparación con los archipoderes de los megagrupos mediáticos de nuestro tiempo).

Estas megaempresas contemporáneas, mediante mecanismos de concentración, se apoderan de los sectores mediáticos más diversos en numerosos países, en todos los continentes, y se convierten de esta manera, por su peso económico y su importancia ideológica, en los principales actores de la globalización liberal.

Al haberse convertido la comunicación (extendida a la informática, la electrónica y la telefonía) en la industria estratégica de nuestro tiempo, estos grandes grupos pretenden ampliar su dimensión a través de incesantes adquisiciones y presionan a los gobiernos para que anulen las leyes que limitan las concentraciones o impiden la constitución de monopolios o duopolios.

La mundialización es también la mundialización de los medios de comunicación masiva, de la comunicación y de la información. Preocupados sobre todo por la preservación de su gigantismo, que los obliga a cortejar a los otros poderes, estos grandes grupos ya no se proponen, como objetivo cívico, ser un cuarto poder ni denunciar los abusos contra el derecho, ni corregir las disfunciones de la democracia para pulir y perfeccionar el sistema político. Tampoco desean ya erigirse en cuarto poder y, menos aun, actuar como un contrapoder.

Si, llegado el caso, constituyeran un cuarto poder, éste se sumaría a los demás poderes existentes -político y económico- para aplastar a su turno, como poder suplementario, como poder mediático, a los ciudadanos. La cuestión cívica que se nos plantea pues, de ahora en adelante, es la siguiente: ¿cómo reaccionar? ¿cómo defenderse? ¿cómo resistir a la ofensiva de este nuevo poder que, de alguna manera, ha traicionado a los ciudadanos y se ha pasado con todos sus bártulos al enemigo?

Quinto poder

Es necesario, simplemente,
crear un quinto poder que nos permita oponer una fuerza cívica ciudadana a la nueva coalición dominante. Un quinto poder cuya función sería denunciar el superpoder de los medios de comunicación, de los grandes grupos mediáticos, cómplices y difusores de la globalización liberal. Esos medios de comunicación que, en determinadas circunstancias, no solo dejan de defender a los ciudadanos, sino que a veces actúan en contra del pueblo en su conjunto, tal como lo comprobamos en Venezuela.

El caso venezolano es paradigmático de la nueva situación internacional, en la cual grupos mediáticos enfurecidos asumen abiertamente su nueva función de perros guardianes del orden económico establecido, y su nuevo estatuto de poder antipopular y anticiudadano. Estos grandes grupos no solo se asumen como poder mediático, constituyen sobre todo el brazo ideológico de la globalización, y su función es contener las reivindicaciones populares que tratan de adueñarse del poder político (como logró hacerlo, democráticamente, en Italia, Silvio Berlusconi, dueño del principal grupo de comunicación transalpino).

Medios de comunicación masiva y globalización liberal están íntimamente ligados. Por eso, es urgente desarrollar una reflexión sobre la manera en que los ciudadanos pueden exigir a los grandes medios de comunicación mayor ética, verdad, respeto a una deontología que permita a los periodistas actuar en función de su conciencia y no en función de los intereses de los grupos, las empresas y los patrones que los emplean.

En la nueva guerra ideológica que impone la globalización, los medios de comunicación son utilizados como un arma de combate. La información, debido a su explosión, su multiplicación, su sobreabundancia, se encuentra literalmente contaminada, envenenada por todo tipo de mentiras, por los rumores, las deformaciones, las distorsiones, las manipulaciones...nos envenena la mente, nos contamina el cerebro, nos manipula, nos intoxica, intenta instilar en nuestro inconsciente ideas que no son las nuestras.

Por eso, es necesario elaborar lo que podría denominarse una ecología de la información. Con el fin de limpiar, separar la información de la marea negra de las mentiras, cuya magnitud ha podido medirse, una vez más, durante la invasión a Irak. Es necesario descontaminar la información. Así como han podido obtenerse alimentos orgánicos, a priori menos contaminados que los demás, debería obtenerse una suerte de información orgánica. Los ciudadanos deben movilizarse para exigir que los medios de comunicación pertenecientes a los grandes grupos globales respeten la verdad, porque solo la búsqueda de la verdad constituye en definitiva la legitimidad de la información.

Observatorio Internacional de Medios

Por eso, hemos propuesto la creación del Observatorio Internacional de Medios de Comunicación (en inglés: Media Watch Global). Para disponer finalmente de un arma cívica, pacífica, que los ciudadanos podrán utilizar con el fin de oponerse al nuevo superpoder de los grandes medios de comunicación masiva. Este observatorio es una expresión del movimiento social planetario reunido en el marco del Foro Social Mundial en Porto Alegre (Brasil). En plena ofensiva de la globalización liberal, expresa la preocupación
de todos los ciudadanos ante la nueva arrogancia de las industrias gigantes de la comunicación.

En una era de globalización económica y de reestructuración mundial de los medios de comunicación a una escala sin precedentes, con la propiedad de los medios concentrándose en las manos de muy pocos, el acompañamiento crítico de los medios se convierte en un elemento central de la democracia.

Los grandes medios de comunicación privilegian sus intereses particulares en detrimento del interés general y confunden su propia libertad con la libertad de empresa, considerada la primera de las libertades. Pero la libertad de empresa no puede, en ningún caso, prevalecer sobre el derecho de los ciudadanos a una información rigurosa y verificada, ni servir de pretexto a la difusión consciente de informaciones falsas o de difamaciones.

La libertad de los medios de comunicación es solo la extensión de la libertad colectiva de expresión, fundamento de la democracia. Como tal, no puede ser confiscada por un grupo de poderosos. Implica, por añadidura, una responsabilidad social y, en consecuencia, su ejercicio debe estar, en última instancia, bajo el control responsable de la sociedad.

El desafío mestizo

El desafío mestizo Sami Naïr es profesor invitado de la Universidad Carlos III
El Pais – 04/01/05

Estamos en medio de un cambio de época, tenemos la sensación de que algo está desapareciendo mientras que la novedad del mundo aún no ha revelado un rostro reconocible. Estamos a la expectativa. El lugar en el que se desarrolla nuestra vida es la ciudad, que engloba el conjunto de las esferas de nuestra existencia, pero nuestra relación con la ciudad sigue prisionera de múltiples condiciones: familiares, sociales y políticas. Por definición, la ciudad es el lugar de encuentro, el espacio de la socialización, el crisol del intercambio humano. Pero la ciudad se ve asimismo presa de una transformación cuya importancia no medimos.

El cambio histórico: es, en sustancia, la globalización de lo humano. En los países más ricos pero también en casi todas partes, la ciudad se ha convertido, por la necesidad del trabajo y de los desplazamientos que generan la distribución internacional de la economía y la desigualdad de las riquezas, en el espacio en el que se encuentran unas naturalezas humanas diferenciadas, unos orígenes múltiples, unas visiones del mundo diversificadas, en ocasiones radicalmente opuestas entre sí. Ya no es sólo el lugar donde uno ha nacido, es también, y sobre todo, el espacio del que uno procede, del que uno emigra o al que uno inmigra.

Sabemos que ya a los antiguos griegos les resultaba muy difícil definir la ciudad: en Política, Aristóteles no se decide a proponer una definición rigurosa. Propone la "polis", palabra que designa al mismo tiempo la ciudad, la comunidad, el Estado, unas reglas de comportamiento, una reunión de personas diversas y la sociedad. Y añade, para fundamentar su punto de vista, que el hombre es un "zoon politikon", es decir, un ser de comunidad, de sociedad, de ciudad. Dicho de otro modo, la ciudad es la unidad entre el hombre como ciudadano y la comunidad como espacio y vínculo de existencia. Es un espacio y un tiempo, un suelo y un cielo.

Esta definición sigue siendo muy cierta. Debería incluso serlo todavía más hoy que en el pasado. Porque la fuerza de la propuesta de Aristóteles se deriva de que rechaza todo planteamiento étnico, confesional o tribal. Está articulada alrededor de la idea de pertenencia a una comunidad humana abstracta y a un territorio concreto. Aquello que conforma la ciudad, lo que une a los ciudadanos, es precisamente su condición de ciudadanos. Y nada más.
O, más bien, todo lo demás, es decir, la naturaleza del hombre, sus mitos, sus creencias, sus convicciones, están como envueltos en esta condición carnal y espiritual, esta función de ciudadanía, esta "politicidad". Rousseau, que estaba fascinado por esta prodigiosa invención griega, por este genio del humanismo naciente, pero que lamentaba que dicha concepción no pudiese aplicarse al individuo de la sociedad moderna, decía que, mirándolo bien, sólo un pueblo de dioses podía imaginar algo así.
Pero los hombres no son dioses... Como fundador de la gran filosofía de las luces, sólo veía un cimiento para la ciudad moderna: aquel que se establece en la articulación entre la razón y la voluntad, para dar nacimiento al contrato. Pero un contrato entre intereses, individuos que realizan un intercambio, sujetos de derechos y deberes. La abstracción del hombre se vuelve la condición de la socialización, la fuente de la comunidad humana.

Esta concepción es rebatida por los procesos contemporáneos de formación de la identidad social. Porque vivimos, al mismo tiempo que la entrada en la globalización de lo humano, una reacción inversa inducida por movimientos "identitaristas" inherentes a nuestra historia. Éstos se desarrollan a través de un seudomodernismo, un modernismo regresivo, que toma el aspecto de la diferenciación "identitaria", de la apología del origen y del "comunitarismo" particularista que la acompaña.
El contrato sigue existiendo, pero ahora está condicionado tanto por los intereses como por las determinaciones del origen, que atan al sujeto humano al color de su piel, a la religión transmitida por sus antepasados, a su "origen". Esta ideología regresiva se ha desarrollado con mayor facilidad porque la globalización económica, al provocar la desestabilización del Estado nacional, engendra la perturbación de la identidad social y provoca la aparición de nuevas formas de pertenencia.
La ideología "multicultural", que a menudo sirve para enmascarar una cultura dominante, legitima este proceso regresivo disfrazándolo con las virtudes de la democracia y del respeto a los demás. Pero la realidad sigue siendo la desaparición de la ciudadanía ante el individualismo, la dislocación de la pertenencia común en beneficio de la comunidad tribal, la crisis de la referencia nacional provocada por la sumisión al imperio mercantil, que aparece como la única verdadera comunidad en un mundo cada vez más tribalizado.

La ciudad es cada vez menos el espacio político en el que se elabora el futuro común. Un poderoso movimiento de disociación está en marcha y no afecta únicamente a los individuos, sino también a los grupos, que tienden cada vez más a particularizarse. Este repliegue provoca unas reacciones complejas. Una de las más importantes consecuencias remite a lo que se podría denominar la territorialización diferenciadora en la ciudad.
Con la modificación progresiva de los modos de producción, la decadencia de la industrialización y la gestión de las poblaciones de inmigrantes recientes, la ciudad moderna adquiere en casi todas partes el mismo aspecto: cada vez más, el centro está habitado por las capas medias tradicionales y nuevas, los inmigrantes son alojados en núcleos de confinamiento periféricos y las capas ricas viven en suburbios protegidos o en zonas residenciales económicamente prohibidas para los más desfavorecidos.

Esta territorialización se acomoda fácilmente a una fuerte exclusión social y étnica, delimita unas capas ya no sólo diferenciadas en función de su condición social, sino también, y sobre todo, en función de su "pertenencia" étnica y, cada vez más, confesional. La ciudad, por decirlo en una palabra, tiende a volverse "racista". Racista en el sentido de la distribución territorial de los individuos en función de sus supuestas "razas" o confesiones. No es que la determinación social haya desaparecido, es que ahora se le añade claramente la determinación étnica y confesional. La exclusión resultante incrementa los mecanismos clásicos de dominación y de marginalización.

La época de las retóricas "identitarias" legitima perfectamente esta territorialización. Postula un determinismo "identitario" que encierra a los individuos en una "pertenencia" originaria asfixiante. El camino hacia la universalización, que es propio de toda comunidad ciudadana, se ve frenado por el obstáculo de la "pertenencia". Aquel que busca la solidaridad universal siempre es remitido a su supuesto "origen". Una especie de fascismo suave de la identidad, de totalitarismo de las comunidades de pertenencia, vuelve irrespirable la atmósfera para aquel ciudadano que sencillamente va en busca de la solidaridad humana.
Esta ideología tiránica del origen es producto de un doble movimiento. Por un lado, a menudo surge, bajo una forma afirmativa o negativa, como una reivindicación de los propios grupos e individuos estigmatizados. Éstos transforman en su contrario aquello que es presentado como un estigma para convertirlo en algo perfectamente asumido o incluso en una cuestión de orgullo.
Es el negro que reivindica su negritud, el musulmán su islamismo, el judío su judaísmo, porque estas cualidades están estigmatizadas. No hace falta decir que esta actitud es, por definición, legítima. Pero entre la afirmación del Yo y la negación del Otro, la frontera no siempre está clara. Por otro lado, es la propia sociedad, al tomar conciencia de la exclusión identitaria de determinados grupos, la que busca concederles derechos en función de su especificidad. De este modo, procede a una discriminación "positiva" en nombre de la lucha contra la discriminación negativa. Pero una discriminación es siempre una discriminación, sea positiva o negativa (por no hablar de que se puede fácilmente pasar del derecho a la discriminación a la discriminación de los derechos).

Lo hemos visto en Gran Bretaña y en Holanda: en ambos casos se han afanado en reconocer unos derechos "específicos" que han conducido, bajo el pretexto de respetar la cultura del Otro, a justificar la poligamia, la opresión de las mujeres, etc. El ejemplo holandés es hasta tal punto caricaturesco que ha provocado una reacción xenófoba intensa en la sociedad: ésta se veía de pronto "amenazada", debido a la aparición de costumbres diferentes, por una inmigración musulmana pese a todo relegada a un gueto comunitario religioso, a su vez consecuencia de una concepción tontamente diferenciadora del vínculo social.
A fuerza de halagar aquello que separa, se ha terminado por generalizar la separación. Y unos grupos de presión, surgidos de esta parte de la población inmigrante, han utilizado su concepción trivialmente retrógrada del islam para tratar de imponerse como los únicos interlocutores ante los poderes públicos.
De igual modo, en España, el imán que escribe un libro para explicar cómo hay que pegar a una mujer, lo hace precisamente con el objetivo de separar a los inmigrantes musulmanes del resto de la población. De este modo, el contribuir a desvalorizar la religión a la que pretende servir es para él positivo, porque lo que busca es ganar legitimidad pretendiendo luchar contra esta misma desvalorización. Hay que tener el valor de decirlo: estas personas envenenan las relaciones sociales e impiden, para la gran mayoría de los inmigrantes, el acceso al lugar común. Son, al igual que los racistas, los enemigos acérrimos de la ciudad mestiza.

Nunca se repetirá lo suficiente que ninguna ciudad mezclada es posible sin valores comunes. Ello implica reglas, normas y obligaciones comunes. Los conflictos culturales y sociales, inevitables en toda sociedad, no pueden superarse únicamente mediante el respeto ingenuo de las diferencias, mediante la apología de lo que separa, aunque sea en nombre de la democracia y de la política de reconocimiento que se debe a unos individuos o grupos.
Sólo la búsqueda de una identidad compartida, que no es un producto de la naturaleza sino de la voluntad, permite construir estos valores comunes. Este camino, largo y difícil ya que consiste en fabricar voluntariamente la identidad común, implica una visión clara de los derechos y deberes en la ciudad. Porque la condición necesaria para la ciudad mestiza, lejos de los racismos y de las demagogias de la pertenencia exclusiva, afortunadamente es y seguirá siendo siempre la universalidad de lo humano.

¿Contagiará Ucrania a Rusia?

El pulso de la prensa internacional
Escrito por Carlos Elordi
El Periódico - 29/12/04,

Como era de suponer, la prensa occidental ha aplaudido sin reservas el triunfo de Viktor Yuschenko. Y aunque la preocupación ha teñido buena parte de los comentarios relativos a cómo pueden transcurrir, a partir de ahora, los acontecimientos, la sensación que en general transmiten los análisis es que no se teme un desastre y, más bien, se prevé que las decisiones del nuevo Gobierno se irán adaptando a las limitaciones que la realidad impone y, particularmente, a la necesidad de llevarse bien con Rusia.
Así lo ha visto THE NEW YORK TIMES: "Yushchenko ha prometido acabar con la élite corrupta que se enriqueció con la privatización de los recursos estatales. También ha asegurado que orientará a Ucrania hacia Europa y hacia Occidente. Pero si quiere que esa mitad de la población que cree que ha perdido las elecciones deje de hablar de separatismo, también tiene que restablecer sus relaciones con Rusia". El editorial del FINANCIAL TIMES también ha ido por esa línea.

Pero el análisis que ha hecho Daniel Vernet en LE MONDE plantea la cuestión desde la óptica de la otra parte, la de Moscú, y esa visión complica no poco las cosas: "Para Vladimir Putin la victoria de Yuschenko es un duro fracaso. ... Pero, contrariamente a lo que ha repetido la propaganda del Kremlin, no existe riesgo alguno de que Ucrania dé la espalda a Rusia. ... No era eso lo que Putin temía de un éxito de Yuschenko. Ni tampoco el fin del sueño de la 'reunificación' de Ucrania y Rusia, dado que el presidente ruso es lo suficientemente realista para saber que, en la actual situación internacional, todo lo que pueda parecer una reconstitución de la URSS es imposible. Una Ucrania bajo su influencia le basta a su diseño geopolítico".
"Y si el nuevo presidente debe la tercera vuelta, y su elección, a los europeos --prosigue Daniel Vernet--, éstos, asustados por su propio coraje, se han apresurado a tranquilizar a Moscú y asegurarle que la adhesión de Ucrania a la UE no figura en el orden del día. ... Más que la orientación internacional de Ucrania es su régimen político interior lo que preocupa al jefe del Kremlin. Un hombre de orden como él no soporta la idea de que las urnas puedan decidir libremente la suerte de un Gobierno.
... Al igual que la 'revolución de las rosas' de hace un año en Georgia, la 'revolución naranja', amenaza a la internacional 'nomenklaturista' que ha conservado del sistema soviético un modo de ejercer el poder que es incompatible con el pluralismo. Y amenaza también en Rusia. Aunque la influencia del aparato político-policial ... es más fuerte en Moscú que en Kiev".

Boris Kagarlitsky, columnista de THE MOSCOW TIMES, un diario independiente que se edita en inglés en la capital rusa, ha abundado en lo anterior: "La 'revolución naranja' ha llevado la esperanza a los corazones de la oposición liberal rusa y generado grandes temores en el corazón del Kremlin. ... Pero una comparación sencilla entre las situaciones de Ucrania y de Rusia revela que no hay motivos para esperar una repetición de la 'revolución naranja'.
... La sociedad ucraniana ha seguido siendo extremamente soviética y se parece a Rusia de mitad de los 90. Eso define la naturaleza de las movilizaciones de masas en ambas partes. ... De otro lado, el sistema político ruso es mucho más estricto que el ucraniano. ... En Rusia a Yuschenko no se le habría permitido siquiera levantar la cabeza"
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«Bailaba con lobos»

«Bailaba con lobos» Escrito por José Saramago
El País - 29/12/04
No volveremos a ver la melena blanca de Susan Sontag, no escucharemos nunca más su voz fuerte y a la vez aterciopelada, no encontraremos en los periódicos los artículos de análisis, de crítica y también de protesta e indignación que nos aseguraban que la honradez intelectual seguía obstinada en no ser una mera conjunción de vocablos.
Tampoco sus novelas y ensayos luminosos tendrán continuación. Ahora mismo los Estados Unidos deberían de estar de luto si el luto cívico fuera, hoy por hoy, en este país, compatible con la atmósfera perversa y enrarecida que el poder da a respirar a la mentalidad de sus ciudadanos.
Susan Sontag "bailaba con lobos", ella misma era una loba, y a veces ululaba de desesperación porque el dolor no se acaba en el mundo, porque la guerra no se acaba en el mundo, porque lo humano tarda en llegar y lo inhumano nos va calcando a los pies todos los días y en todos los lugares. Adiós, Susan, no volveremos a vernos.
Te voy a echar de menos, te lo aseguro. Tú ya eres, según el tópico manido, una "pérdida irreparable". Mañana comenzaremos a saber mejor hasta qué punto.

CHINA Megapotencia

CHINA Megapotencia Escrito por Ignacio Ramonet
Le Monde Diplomatique - Fecha 01/10/04

“El día que China despierte…” se decía hasta hace poco, dejando planear la idea de una amenaza gigantesca sobre el planeta. Ahora sabemos que ese inmenso país ya está despierto. Y se trata de preguntarse sobre las consecuencias que puede tener su impresionante resurgimiento sobre la marcha del mundo.
China, coloso demográfico con sus 1.300 millones de habitantes, inició su gran reforma económica sólo después de la muerte de Mao Tse Tung en 1976, y sobre todo a partir de 1978, cuando Deng Xiaoping asumió el poder. Su modelo de desarrollo, basado en la abundancia de una mano de obra mal pagada, la masiva recepción de fábricas de ensamblaje, la exportación de productos baratos y la afluencia de inversiones extranjeras, fue considerado durante mucho tiempo “bastante primitivo”, propio de un país atrasado y gobernado con mano de hierro por un partido único, dado que hasta el necesario control de su demografía se realiza de manera autoritaria.
Sin embargo, China, siempre comunista, no sólo dejó de dar miedo, sino que en la euforia de la globalización incipiente fue presentada por cientos de empresas que instalaban allí sus fábricas, tras haber despedido a millones de trabajadores, como una verdadera ganga para inversores avispados. En poco tiempo, gracias a la red de “zonas económicas especiales” instaladas a lo largo de su frente marítimo, se convertía en una gran potencia exportadora, que encabezaba la lista de los países exportadores mundiales de productos textiles, indumentaria, calzado, productos electrónicos y juguetes. Sus productos invadían el mundo. Especialmente el mercado de Estados Unidos, respecto del cual presentaba un desequilibrio gigantesco: ¡en 2003, el déficit comercial estadounidense ante Pekín alcanzó los 130.000 millones de dólares! (1).
La furia exportadora desataría un despegue espectacular del crecimiento, que desde hace dos décadas supera el 9% anual (2). Este “comunismo democrático de mercado” significó para millones de hogares un incremento en el poder adquisitivo y el nivel de vida (3). Además, favoreció el ascenso de un auténtico capitalismo chino. Siguiendo el mismo impulso, el Estado se lanzó a modernizar el país a marchas forzadas, multiplicando la construcción de infraestructuras: puertos, aeropuertos, autopistas, vías ferroviarias, puentes, embalses, rascacielos, estadios para los Juegos Olímpicos de Pekín en 2008, instalaciones para la Exposición universal de Shanghai en 2010, etc.
Esta masa demencial de obras y la nueva fiebre consumista de los chinos agregaron a la economía una nueva dimensión: en muy poco tiempo, China, que infundía miedo como potencia exportadora invasora, se ha convertido en un país importador cuya voracidad insaciable inquieta seriamente. El año pasado fue la primera importadora mundial de cemento (importó el 55% de la producción mundial), carbón (el 40%), acero (el 25%), níquel (el 25%) y aluminio (el 14%). Es el segundo importador mundial de petróleo, después de Estados Unidos. Estas importaciones masivas dieron lugar a una explosión de los precios en los mercados mundiales, especialmente los del petróleo.
China, admitida en el seno de la Organización Mundial de Comercio (OMC) en 2001, es en la actualidad una de las economías más grandes del mundo, exactamente la sexta (4). Mueve el crecimiento planetario y toda convulsión en ella tiene un impacto inmediato sobre el conjunto de la economía mundial. “A pesar de la rapidez de nuestro crecimiento –evalúa el primer ministro Wen Jiabao– China sigue siendo un país en vías de desarrollo, y necesitaríamos otros 50 años de crecimiento al ritmo actual para llegar a ser un país medianamente desarrollado” (5).
Pero si China sigue con este ritmo, a partir de 2041 va a superar a Estados Unidos para convertirse en la primera potencia económica del mundo (6), lo que tendrá consecuencias geopolíticas fundamentales. Esto significa que desde 2030 su consumo de energía equivaldrá a la suma del consumo actual en Estados Unidos y Japón, y que al no disponer de petróleo suficiente como para satisfacer una necesidad tan monstruosa, de aquí a 2020 se verá obligada a duplicar su capacidad nuclear y a construir dos centrales atómicas anuales durante 16 años…
Aun así, y aunque ratificó el protocolo de Kyoto en 2002, China, que ya es el segundo país contaminante del planeta, va a llegar a ser el primero, porque emite colosales masas de gases con efecto invernadero que agravan el cambio climático en curso.
En este sentido, China constituye un caso de manual y anticipo de la cuestión que se planteará a propósito de la India, Brasil, Rusia o Sudáfrica: ¿cómo arrancar a miles de millones de personas de la angustia del subdesarrollo sin sumirlas en un modelo productivista y de consumo “a la occidental”, nefasto para el planeta y para el conjunto de la humanidad?

NOTAS:

(1) Véase “Quand la Chine éternuera…”, Cyclope. Les marchés mondiaux 2004, bajo la dirección de Philipe Chalmin, Economica, Paris, 2004.
(2) 9,7% en el primer semestre de 2004.
(3) El PIB por habitante alcanzó 4.690 dólares en 2003.
(4) Se sitúa entre el Reino Unido e Italia, después de los Estados Unidos, Japón, Alemania y Francia, y debería integrar el G8, el grupo de países más industrializados, que incluye además de los mencionados a Rusia y Canadá.
(5) El País, Madrid, 6-6-2004.
(6) De acuerdo con la experta Maryam Khelili, para esa fecha la lista de seis países más prósperos del mundo será la siguiente: China, Estados Unidos, India, Japón, Brasil y Rusia.
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