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Educación y Construccion Europea

Escrito por Miquel Siguan. Es catedrático emerito de la Universidad de Barcelona
LA VANGUARDIA - 05/07/04

Más preocupante todavía que la escasa participación en las pasadas elecciones europeas en todos los países de la Unión es la escasez y la superficialidad de los comentarios que este hecho ha provocado, y la impresión que parece desprenderse de ellos de que se trata de un accidente en el camino pero que, a trancas y a barrancas, la construcción europea sigue avanzando, cuando la verdad es que ha perdido fuelle y que hoy está seriamente amenazada. De manera que vale la pena preguntarse qué es lo que está fallando en un proyecto que en un principio sólo parecía tener ventajas.

Remontémonos a los orígenes. La guerra de l914-1918 fue una tragedia y hubo voces clarividentes que denunciaron que se trataba de una inútil guerra civil entre europeos. A pesar de lo cual un cuarto de siglo después las ansias de revancha y la locura hitleriana desencadenaron una aventura al final de la cual quedó claro que Europa había dejado de ser el eje de la historia mundial para convertirse en mera comparsa. Churchill lo dijo así, y Adenauer y De Gaulle intentaron
superar siglos de enfrentamiento franco-alemán para convertirse en adelantados de una Europa posible. Prescindiendo de retóricas altisonantes y de proyectos utópicos encontraron una tarea que compartir. La zona del Ruhr, emporio de la industria europea y zona tradicional de enfrentamiento entre galos y germanos, estaba amenazada de ruina a medida que la producción metalúrgica se trasladaba a otros países. Así surgió la Comunidad del Carbón y del Acero, que logró enderezar el proceso, un éxito que abrió nuevas posibilidades a la cooperación intraeuropea. En 1957 por el tratado de Roma la CECA se convirtió en la Comunidad Europea. El camino estaba abierto hacia un espacio económico común sin fronteras aduaneras que cada vez englobaba más países y cuyos éxitos eran cada vez más palpables. Cuando en 1992 se firmó el tratado de Maastricht, que convirtió la Comunidad en Unión Europea, el objetivo de la moneda única ya parecía accesible y al
mismo tiempo se sobreentendía que el avance en la unidad económica tendría como consecuencia natural el avance en la unidad política, lo que finalmente se podría plasmar en un texto constitucional que consagraría una Europa definitivamente unida. Hace un tiempo y en vista de las dificultades que encontraba el proyecto se optó por una huida hacia delante, la ampliación de la Unión hasta sus fronteras orientales, lo que en vez de acelerar el proceso lo ha complicado hasta límites que pueden hacer peligrar muchas cosas. Incluso la propia moneda común.

¿De dónde proceden estas dificultades? ¿Por qué los avances evidentes en la unificación económica no se han acompañado de avances paralelos en el orden político? ¿Por qué las estructuras nacionales resultan incapaces de difuminarse en un marco común?

Hablemos claramente: la realidad política actual, en Europa y en todo el mundo, son los llamados estados soberanos. Fue un invento, un gran invento, fraguado en Europa a partir del momento en que las monarquías se impusieron a los señores feudales y al que en la época de la ilustración se le dio una justificación racional, el origen democrático del poder. Si Luis XIV decía “el Estado soy yo”, los revolucionarios decían “el Estado es el pueblo”, pero por pueblo, y éste es el
quid de la cuestión, entendían el pueblo francés. O sea, que el Estado moderno es, o pretende ser, democrático y a la vez nacional y en alguna medida nacionalista. Y ello se advierte claramente en la primera de las funciones públicas que asume este Estado, la enseñanza, una enseñanza que pretende ser democrática en el doble sentido de igual para todos y al servicio de la comunidad, pero una comunidad que es, en primer lugar, la comunidad nacional. Y porque la escuela prepara
ciudadanos de la comunidad nacional, enseña la historia como historia nacional y como resultado de esta historia la cultura nacional, la literatura y el arte que la nación ha producido.

La conclusión de lo que acabo de recordar es fácil de extraer. El realismo obligó a empezar la construcción europea por una unión económica progresivamente más ambiciosa, pero al mismo tiempo el mismo realismo debía haber obligado desde el principio a introducir el futuro europeo como objetivo del sistema educativo en los países que participaban en el empeño.

Algo de ello pensaban los redactores del tratado de Maastricht cuando introdujeron un artículo, el 125, dedicado a la educación y en el que se hace referencia al “desarrollo de la dimensión europea de la educación”, pero, atentos a las reservas que pudieran hacer los firmantes, el redactado del artículo resulta patético. Antes de entrar en materia, aclara que la Comunidad prestará apoyo a los países en materia educativa “con pleno respeto a las responsabilidades de los estados miembros en cuanto a los contenidos de la enseñanza y a la organización del sistema educativo”, y cuando se
trata de especificar en qué consiste la dimensión europea, el punto 2 del artículo cita sólo “el aprendizaje y la difusión de las lenguas de los estados miembros”, y por si la prudencia demostrada no fuese suficiente, todavía el apartado 4 remacha que para cumplir este objetivo el Consejo adoptará “medidas de fomento con exclusión de cualquier armonización de las disposiciones legales y reglamentarias de los estados miembros”. O sea, que los mismo estados
que han aceptado renunciar a una prerrogativa que se consideraba tan distintiva de la soberanía como es el derecho a acuñar moneda, son en cambio de una susceptibilidad enfermiza frente a cualquier posible intromisión de la Unión en su sistema educativo. No ya imponiéndoles ninguna disposición, sino incluso ante cualquier intento de armonizar sus respectivas reglamentaciones.

Y en el mismo tratado, el artículo 128 dedicado a la cultura es todavía más vago y, aunque habla de iniciativas para difundir la historia y la cultura de los pueblos de Europa, añade también la coletilla de que cualquier iniciativa de este tipo debe decidirse por unanimidad y de ningún modo interferir con la plena competencia de los estados sobre estos temas. Y, aun así, la verdad es que estas iniciativas se han quedado en el tintero. La Unión no sólo ha renunciado a que los estados pongan sus programas escolares al servicio de la construcción europea, sino que ha renunciado a promover cualquier ensayo o cualquier reflexión a fondo sobre este tema. El proyecto, hace un tiempo acariciado, de redactar un manual de historia de Europa que pudiese servir de inspiración para textos similares en los distintos países nunca llegó a concretarse; es cierto que los historiadores de los distintos países tampoco mostraron demasiado entusiasmo por el tema
ocupados como están por sus propias querellas nacionales. Y tampoco la Unión ha sido capaz de impulsar instituciones educativas independientes que movidas por un ideal europeísta pudiesen dar el ejemplo de lo que podía ser una educación orientada a la Europa del futuro. Y los particulares que por su cuenta lo han intentado han tropezado con la indiferencia general.

Es sabido que hace unos años Jean Monnet, uno de los auténticos padres de la construcción europea, desilusionado por el curso que tomaban los acontecimientos dijo que, si pudiese volver a empezar, en vez de hacerlo por la economía lo haría por la cultura. No creo traicionar su pensamiento interpretando que por donde realmente habría que haber empezado es por la educación. Quizás todavía estemos a tiempo de rectificar.
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